Rosende, Galicia

 

Aunque de pequeña no era consciente, ni sabía muy bien el significado de la palabra “meditar” ya tenía mi rincón para poder hacerlo.

Entre viñas, leyendas y bosques de robles, entre abedules, alcornoques y pinos; entre el Sil y el Miño, entre Lugo y Orense, en plena Ribeira Sacra se encuentra la aldea en la que pasé meses de recreo improvisado que me enseñaron más que las clases a las que volvería más tarde.

 

Dicen que el dios Júpiter quedó deslumbrado ante la belleza de Galicia y para poseerla la atravesó con un río. Su esposa, la diosa Juno, indignada por la competencia de aquella desconocida, decidió abrir en su faz una gran herida y conseguir así que Júpiter repudiara a su nuevo amor. La enorme herida, que en algunos puntos alcanza casi los 300 metros de desnivel, es lo que hoy se conoce como los cañones del Sil, donde se encuentra mi pequeño refugio: Rosende.

Galicia fue siempre mi lugar de introspección, de conexión con la naturaleza, de aceptar su dureza y exigencia y no solo los placeres que obtienes de ella. Vivir el trabajo que ha de hacerse para obtener materia prima y no solo el último paso, me hizo apreciar más el coste que requería por ambas partes: las manos y el entorno. 


Observar era mi aprendizaje, horas frente a una charca, sigilo frente a los animales, admirar el trabajo de las viñas, observar e intentar no ser estorbar en los procesos, hizo que valore más el crecimiento natural y su tiempo. Aprendí a abrazar el aburrimiento que conlleva la vida en muchas ocasiones. 

Rosende me enseñó y lo sigue haciendo, que lo bueno se hace esperar, que los tiempos afectan al producto final y que tienes que bailar con la naturaleza para poder hacerte con sus pasos porque nunca podrás marcarle el ritmo. 

Cada pieza que nace en Simuero refleja la fuerza, la imperfección, el respeto por la naturaleza que nos da los materiales y por ello nosotros le dedicamos nuestras piezas.